Capítulo 1 – Despertar

Mina bajó las escaleras sin dejar de correr, con la sensación de que en cualquier momento daría un traspié y terminaría de bajarlas rodando, hecha una bola y ganándose alguna magulladura. No le importaba en absoluto. Se recogió la falda del vestido y saltó los pocos escalones que le faltaban de dos en dos, felicitándose a sí misma por haber caído de pie al final del tramo de escalera.

De un último salto se abalanzó sobre la puerta, abriéndola de un empujón. La luz del día inundó la casa, que hasta entonces, con sus cristales pintados de colores y las contraventanas entrecerradas, había permanecido en penumbra. Mina se cubrió los ojos con una mano y alzó la vista hacia el cielo. Sonrió al vislumbrar la bola blanquecina que lo iluminaba a su derecha. Nunca había apreciado su brillo como entonces.

A su alrededor parecía que todo absorbía esa luz y pretendía devolverla al cielo brillando con la misma intensidad. Las piedras, los árboles, todos los edificios, incluso el bosque a lo lejos desprendía aquella particular iridiscencia. Se miró las manos, con la convicción de observar ese mismo brillo también en ellas. Inhaló con fuerza y contuvo un aullido en su interior que no dejó escapar. Aún no era el momento.

–¿Ahora por dónde? –preguntó con sosiego.
–¿Cómo se llamaba esa amiga tuya que vivía a las afueras? –respondió otra voz en su cabeza.
–¿Tula? No sé si serías capaz de reconocerla; ha engordado un montón y ya no tiene ese pelo tan rubio que tenía de pequeña. Igual que yo –señaló con un mohín.
–Ve hacía su casa –contestó la misma voz, ignorando su comentario–. Sigue el camino hasta donde las ovejas ya no se alejan más y mira por el acantilado.

Mina no dijo nada, pero se apresuró a seguir sus indicaciones al pie de la letra. Volvió a subirse la falda por encima de las rodillas dejando a la vista unas piernas flacuchas, pensando si no habría sido mejor un vestido más corto o unos pantalones. Aunque así era como le gustaba, con ese color que tanto le había costado encontrar: quería enseñárselo.

Atravesó el prado a toda prisa, apenas viendo a las ovejas pacer a su manera pausada. Algunas incluso la miraron con fingida indiferencia mientras las esquivaba al pasar por el prado que, por cierto, consideraban de su exclusiva propiedad; pero no les prestó atención ninguna. La emoción empezaba a desbordarla, pronto llegaría al acantilado y entonces estaría cerca. Cada vez más cerca.

Una vez allí contempló el campo que se abría a sus pies, de color rosa, amarillo y naranja, con tachones de azul y violeta. Contuvo la respiración durante un segundo y miró a su alrededor con impaciencia. Aquello era bonito, pero lo veía cada primavera; no era ninguna novedad. Lo que buscaba, sin embargo, era mucho mejor, y mucho más raro.

–¿Y ahora por dónde? –volvió a preguntar.

La respuesta no se hizo esperar y esta vez parecía más cercana. Iba por el buen camino.

–Mira hacia el sol rojizo, ¿ves el cerro sobre el que se alza? Ve hacia allí, no está tan lejos como parece. Luego, tendrás que seguir descendiendo.

De nuevo, Mina no se molestó en asentir ni contestar. Retrocedió unos pasos y echó a correr; cuando pisó el borde saltó y se dejó llevar por la corriente de aire creada por la pared del acantilado y la diferencia de nivel del terreno.

Durante unos segundos flotó sin rumbo, disfrutando de un vuelo distraído; luego se concentró con tal firmeza en la dirección y la fuerza del aire, de la gravedad y tantas otras cosas, que pronto empezó a dolerle la cabeza.

Por suerte, para entonces ya pisaba el suelo, lo suficientemente firme como para dejarse rodar hasta que recuperara las fuerzas. Llenó sus manos de agua invisible y se refresco la cara y la nuca tras el pelo, que aprovechó para recogerse en una coleta.

Durante unos segundos lamentó haber aplastado todas aquellas flores. Luego, siguió corriendo. Volar le gustaba, lo adoraba, pero correr era más fácil. Así se cansaba más, pero al menos no le daba aquella jaqueca horrible.

Atravesó el campo de flores y llegó al cerro indicado. Se detuvo unos segundos y miró a su alrededor antes de descender por la pendiente.

–Ya te veo –le dijo presa de la impaciencia.
–Aún te falta un poco –contestó la voz, condescendiente.

Frente a ella se extendía un camino tortuoso que se alargó más de lo que esperaba para una distancia tan breve. Llegaba hasta el cañón que acogía al río Gela. A lo lejos, en dirección al sol blanco, se vislumbraba la ciudad construida en las paredes del cañón, una de las poblaciones más importantes de la zona. Le gustaba porque no tenía puentes y sin embargo sí muchos recovecos y escaleras sinuosas. O al menos eso era lo que contaban los viajeros. Algún día iría y lo vería con sus propios ojos. Aunque en aquel momento Mina sólo podía pensar en el viaje hacia el que le conduciría el río, que esperaba la llevara aún más lejos.

Se asomó al cañón, en dirección al sol rojo. Podía ver el río serpentear entre las paredes de roca; cuanto más se remontaba la corriente en esa dirección más furioso parecía, y sus pequeñas olas, más espuma tenían y con más fuerza arremetían contra la roca. Lo observó hasta que estuvo satisfecha y preparada para lanzarse al río.

Sonrió cuando volvió la vista al frente y ante ella, en la roca, vio el dibujo de las alas que casi rozaban la superficie del agua, el torso rematado en una cola puntiaguda enfilada hacia el cielo y una cabeza que se sumergía en el río como si estuviera bebiendo.

–Te encontré –susurró.

Acto seguido saltó al río. El agua fría la acogió con suavidad, como sujetada por unas manos invisibles. Se sostenía con delicadeza, eludiendo todas las corrientes que podrían haberla arrastrado, de modo que podía bucear hasta el fondo sin problema. Allí volvió a abrir los ojos.

Frente a sí contempló aquella cabeza que parecía viva, con unos colmillosy ojos feroces que la miraban inquisitivos. Quieta como una esfinge la miraba sin apartar la vista de ella, daba igual el lugar donde se colocara.

–No te preocupes, sabe que estás aquí conmigo –le dijo la voz de su cabeza.
–No me da miedo.

Contempló la silueta del dragón durante mucho tiempo, apreciando la delicadeza de sus rasgos. Fuera del agua, su cuerpo era igual de imponente, tenía las alas replegadas alrededor de su cuerpo y aunque estaba encogido, lo único que conseguía era parecer aún más grande. Pero donde más se entretuvo fue observando su rostro, tan vivo y cálido, a pesar de estar sumergido. Sentía el brillo de sus escamas y de sus ojos al mirarla; de hecho, Mina habría jurado sentir el calor que desprendía el aliento del dragón con cada exhalación.Lo único que rompía aquella ilusión era el hecho de que el agua alrededor de su cabeza no se movía, no respiraba y no estaba vivo.

–Ayúdale –dijo la voz.

Mina pataleó para acercarse a la pared del dragón, aunque más por costumbre que por necesidad, porque el río, como buen anfitrión, la ayudó con un empujón que por sí solo habría sido suficiente. Se apoyó sobre su cuello bocabajo, las manos sobre la testuz y los pies apoyados en la piedra como si pretendiera sentarse a horcajadas sobre él. Así empezó a trazar con los dedos las líneas del dragón que dibujaban su cabeza.

Sabía lo que tenía que hacer. Con las uñas rascaba la arenilla, que se iba diluyendo en el agua. Dibujó las escamas, el fino pelo que surgía tras el cráneo, los colmillos y ojos que había visto e imaginó que cada parte cobraba vida. Cuando lo sintió temblar bajo la roca, dejó de ser un mero dibujo, la cabeza fue cobrando volumen y el dragón que tanta sed parecía tener empezó a beber.

Mientras, el río había alzado a Mina con una pequeña ola, poniéndola al alcance del resto del cuerpo del dragón. Aún quedaba mucho por hacer: un cuerpo y unas alas enormes, más un millar de detalles.

Notaba como el dragón empezaba a cobrar vida, su impaciencia y unos ojos completamente abiertos, y quizás también un poco de hambre. Pero todo eso, Mina lo ignoró. Se revolvía sin moverse y se dio cuenta de que el río lo arrullaba intentando tranquilizarlo, cosa que consiguió, para sorpresa de Mina. Aunque en ese momento también le daba igual y no le dio mucha importancia.

Escama a escama Mina avanzaba en su dibujo. Transmitió con una delicadeza exquisita la suavidad que merecía la cresta del dragón, y las alas las imaginó fuertes, capaces de llevarlo al sol que prefiriera o tan lejos como él quisiera llegar. Patas con uñas que podían ser muy peligrosas si se atacaba con ellas, terminando por una cola que el dragón agitó, haciendo reverberar la pared del cañón cuando al fin pudo surgir de ella por completo. El dragón rugió, aleteó y alzó el vuelo con tal ímpetu, que obligó al río a cubrir a Mina para evitar que saliera malherida.

Mina se quedó flotando en el aire, oteando el cielo, mientras el agua volvía a su cauce. Notaba cómo la recogía con suavidad, indicándole que ahora que el dragón se había marchado debía volver con él. Antes de dejarse llevar por completo, Mina contempló al dragón convertirse en una silueta oscura que desaparecía en el cielo.

–Vuela muy bien –murmuró Mina, asomando la cabeza en la superficie del agua.
–Todos los dragones vuelan bien.
–No, estoy segura de que éste vuela especialmente bien. Es majestuoso, más que los demás.
–Está bien, si tú lo dices será así.
–No me crees –se quejó la muchacha, sumergiéndose en el agua de nuevo. Era lo malo de hablar con un río: lleva tanto tiempo en el mundo que es difícil que se tome en serio a alguien tan joven como ella.
–Te creo porque tú le has despertado, es parte de tu don. Si de verdad crees que ese dragón es majestuoso en comparación a los demás, lo será.

El río empujó a Mina a través de sus corrientes, llevándola de una a otra y haciéndola evitar las más peligrosas. A la joven despertadora le resultaba extraño ir contracorriente y que al mismo tiempo el viaje resultara tan sencillo. A menudo se había imaginado luchando contra el río o a éste luchando contra sí mismo, lo cual era del todo absurdo. Pero que el viaje resultara tan sencillo le resultaba más difícil de comprender que su propia magia.

–No me creo que ya haya llegado el día. No me siento preparada.
–Siempre lo has estado.
–Qué va. Aún no estoy muy segura de ser bien recibida en su ciudad.
–Lo serás. Además, no irás sola.
–¿Vendrás conmigo? –preguntó con tono burlón. Bien sabía que eso no era posible.

Notó como el agua la empujaba y hacía girar con suavidad mientras intentaba remontar la corriente en dirección a la ciudad. No le hizo daño, sólo quería demostrarle que podía reírse como ella.

–Si todo va bien allí te encontrarás con los demás.
–Tampoco sé si a los demás los dragones los recibirán bien.
–No creo que les importe mucho, ellos no van a despertar dragones. Eso es únicamente cosa tuya.
–Lo sé.

Había ailas, ninfas, náyades, baudimes, serpientes, derios y estaba segura que un montón de criaturas más que aún no había tenido oportunidad de conocer. Pero junto a los dragones, esas seis eran las importantes. Aquél había sido el primer dragón que había visto vivo, fuera de las pocas historias que había conseguido arrancar a sus allegados. Los ailas y las náyades también eran muy populares, pero su voracidad por las historias la había llevado a conocer historias sobre seres que casi nadie recordaba. De algunos sólo había podido obtener sus nombres y una leve sombra de lo que debieron ser. Aun así, a sus ojos, todos eran tan maravillosos como los dragones.

–Los que más me intrigan son los derios. Le pregunté a mi abuelo por ellos, claro, fue él quien los mencionó en primer lugar, pero no sabía nada más. También intenté hablar con la gente del pueblo, pero nadie sabía nada de ellos. Muchos ni sabían a lo que me refería. –Mina empezó a reírse de repente–. Recuerdo que asusté a unos viajeros cuando nada más entrar en el pueblo les hice esta misma pregunta. Al principio creyeron que era estúpida, luego no sé lo que pensarían, porque no estuvieron mucho tiempo en el pueblo. Fue una decepción, hasta entonces creía que la gente que viajaba era más sabia, que viajar da sabiduría.
–¿Te sientes más sabia ahora que has empezado un viaje?
–Qué va, es una tontería, ya me di cuenta de eso. Aunque creo que voy a ver cosas que nadie más habrá visto y eso sí me hará más sabia, ¿no?
–Depende de cómo mires.
–Quiero aprender, creo que lo haré bien –dijo confiada.
–¡Y hace un momento estabas dudando de ti misma!
–¿A ti no te pasa? Llevo tanto tiempo esperando este día que la mitad lo he pasado convencida de que nadie puede hacerlo mejor que yo y la otra mitad que probablemente el primer dragón que me vea me achicharrará en un periquete.
–Soy un río, sé muy poco de eso que hablas –contestó con candidez.

Era mentira que el río no conociera esas sensaciones, pero Mina se había dado cuenta de que le gustaba que le explicara su propio punto de vista y ella disfrutaba mucho haciéndolo. Eso también le servía para conocer un poco mejor al río.

Notaba como éste se tomaba su tiempo en cada frase y cada palabra que pronunciaba. Era una sensación agradable. Mientras esperaba se dejaba llevar por una corriente suave y tranquila, carente de la emoción y las turbulencias habituales que solían reflejar alegría y euforia. Extendió los brazos e imaginó que volaba, dejando que el río la arrastrara.

Hablaron de la alegría de haberse embarcado en aquel viaje, del miedo que tenía al principio de dejar su hogar, de la tristeza que sintió al contárselo a sus padres y de la decepción que creyó leer en sus rostros. Ni siquiera estaba muy segura de que hubiera sido así, porque todo habían sido palabras de orgullo hacia la labor que emprendía. Era casi una niña y la dejaban marchar casi sin impedimento. Explicar al río aquel desapego fue lo más difícil de todo y ocupó buena parte del trayecto que tenía que recorrer.

Cuando se aburrió de contarle sus tribulaciones, Mina empezó a formular sus propias preguntas:

–Me gustaría saber cómo serán los otros despertadores.

De nuevo el río tardó unos segundos en responder, que Mina aprovechó para observar la forma sinuosa del cielo recortado por las paredes de roca.

–¿Qué opinas de despertar dragones?
–¡Que es genial! Nunca había sabido bien cómo imaginármelos cuando los tuviera que despertar, pero cuando he visto a ese dragón sabía que tenía que ser exactamente así.
–Así son siempre los despertadores, exactamente como tú.
–No me refería a eso –replicó Mina, pero pronto se olvidó de los demás despertadores.

Cómo fueran le importaba mucho menos que los dragones que pudiera despertar de camino a la ciudad. Su forma, sus colores, dónde los encontraría, cómo serían. Si se asustarían al despertar o si lo harían con la gracilidad de un gato, desperezándose un poco, como si sólo hubieran estado echando un sueñecito. Esperaba encontrar tantos dragones que temía que la imaginación se le acabara antes.

De pronto sintió el peso de lo que aquello suponía. El río la ayudaría, pero sería ella y sólo ella la que tendría que ganarse el respeto de los dragones cuando estuviera en su ciudad. Eran más fuertes que ella, más poderosos, más sabios; técnicamente más jóvenes, aunque ellos creyeran lo contrario. Y no es que todo eso importara, porque no quería que pensaran en términos de derrota o victoria. Sólo esperaba que su sabiduría siguiera los mismos derroteros que la suya, o igual consideraban que achicharrarla era la opción más sensata.

–Serás una magnífica portavoz de los dragones –la intentó tranquilizar el río.

Ella sonrió en agradecimiento, aunque seguía algo preocupada. Decidió, por tanto, pensar de nuevo en los otros despertadores, sólo que en vez de preguntarle por aquellos que se suponía iba a conocer, prefirió preguntarle por todos los que alguna vez habían despertado dragones como ella. El río la balanceó mientras meditaba su respuesta y Mina disfrutó del vaivén.

–El anterior despertador de dragones era igual que tú. Creo que incluso podía ser más ruidoso y menos grácil.
–¡Vaya! –se quejó Mina–. Entonces seguro que le gustaban los dragones tanto como a mí. ¿Y él? ¿Le gustaba a los dragones?
–Muchísimo. Probablemente el único de tu raza desde Rhan que ha conseguido montar sobre un dragón.
–¿Conociste a Rhan? –chilló Mina abriendo la boca, expulsando un montón de burbujas.

Una ola la asomó a la superficie, donde tosió y escupió agua mientras repetía la pregunta entre jadeos.

–¿Eh? ¿Conociste a Rhan?
–No. Conozco las mismas leyendas que tú.
–Qué pena, creí que como eras un río… –suspiró.
–Ni siquiera los ríos hemos vivido aquí siempre. Yo soy joven, en comparación a otros de mis hermanos. Los hay mucho más ancianos que yo; alguno puede que sí haya conocido a Rhan –meditó.
–Imagino que ninguno de ellos querría hablar conmigo.

El río rió mientras volvía a llevarla corriente arriba. Tenían un largo camino que recorrer y aunque la conversación amenizaba el viaje, no convenía que se entretuvieran más de la cuenta.

–No hablarían nunca con humanos normales, sean magos o no. Tal vez con un despertador que hubiera cumplido su papel, aunque tampoco con cualquiera.
–Me lo imaginaba. ¿No han tenido nunca sus propios despertadores?
–No desde hace mucho. La mayoría ya no cree que seáis necesarios.

Hubo unos segundos de silencio, en los que Mina meditaba sobre todos aquéllos a los que no conocía y quería conocer. Había ríos, bosques, dragones, derios y personas; de éstos los menos interesantes aún vivían, mientras que ardía en deseos de conocer a algunos que murieron hace mucho tiempo.

–Háblame de mi antecesor.
–Fue mi favorito. Vestía mis colores: en sus ojos azules, en su pelo cobrizo y su piel clara. Su voz me recordaba al canto de los delfines cuando quieren jugar y cuando se lo proponía, se movía con la gracilidad de un aila al desenvolver sus alas. Otras veces sin embargo era tan torpe como un baudime en tierra.
–Me estás dando envidia, me gustaría conocer a alguien así.
–Tú eres así.
–Si hablara conmigo misma quedaría raro –bromeó.

Hizo una mueca y volvió a olvidar que no necesitaba patalear para avanzar contracorriente. Era todo tan emocionante y la sensación de aventura tan nueva que intentaba prestar atención a todo lo que la rodeaba, y al mismo tiempo era incapaz de centrarse en que el río no necesitaba de su ayuda para llevarla por su cauce.

En esos momentos estaba distraída en el hecho de que el fondo y las paredes de su alrededor estaban cambiando. Para empezar, ya no era el cañón estrecho al que se había lanzado. Se había ensanchado y la piedra, antes dura y gris, ahora se convertía en arenisca broncínea que brillaba formando dibujos titilantes en la superficie del agua, según cómo le incidiera la luz de los soles.

Se preguntó si sería ése el color al que se había referido cuando hablaba de su antecesor. Tampoco es que importara demasiado. Ella ya lo había imaginado multitud de veces como aquél que podría enseñárselo todo y que jamás conocería.

–Atenta –la avisó el río, al tiempo que se detenía y la llevaba hacia la superficie del agua.

Allí observó cómo había cambiado el paraje en su totalidad. A uno de los lados la pared de roca apenas si se levantaba un metro por encima de su cabeza; al otro aún era alta, aunque veía cómo a lo lejos descendía hasta formar una orilla con el río.

Todo cambiaba; seguramente ya estaría muy lejos de su casa.

Pronto volvió toda su atención hacia la pared de roca a la que el río la acercaba. Allí había otro dibujo tallado: dos dragones entrelazados en lo que parecía un anillo. ¿Estarían peleando? ¿Copulando? Muchas veces le costaba apreciar la diferencia. Por un breve instante esperó que fuera lo primero, solía resultar menos peligroso. Luego pensó que lo mejor sería que aquel dibujo no tuviera ningún significado en especial.

Con ayuda del río y de su pericia llegó hasta la cabeza de uno de los dragones. Como había hecho con el anterior dragón comenzó a trazarla con cuidado, tallando las escamas como imaginaba que serían.

Con el primer dragón había sido más fácil, al fin y al cabo había podido observar su cabeza sumergida. Incluso estando tan dormida como el resto del cuerpo, el río la había dotado de una vivacidad especial. Gracias a los reflejos del agua había aprendido cómo eran sus escamas y había inspirado su color. Había aprendido cómo debía ser cuando lo había mirado a los ojos.

Estos dragones estaban completamente dibujados en la roca seca, no estaban tan detallados y la piedra se había erosionado sin los cuidados del río. Tendría que imaginar, quizás inventar. Eso la puso nerviosa e intentó olvidar que equivocarse era una posibilidad, esa palabra no existía.

–Lo harás bien –la animó el río.

Siguió raspando e imaginó un color. Decidió que las escamas serían diferentes en sendos dragones. En uno de ellos serían pequeñas, lisas y suaves como las de un pez; en el otro tendrían más relieve y estarían solapadas las unas con las otras. Cuando terminó con la cabeza de uno de los dragones se dirigió al otro de la pareja. Los despertaría a la vez.

Cuando acabó de dibujar las primeras escamas del segundo dragón se ayudó del río para terminar de despertarlos. Uno sería del color plateado de las algas, reflejaría la luz solar como un espejo. El otro sería del color naranja del fuego de una hoguera, no brillaría tanto porque él crearía su propia luz.

Cuando el agua la bañó a ella y a los dragones supo que no tenía que imaginar ni inventar nada. Ella sabía cómo eran los dragones que tenía que despertar, lo que tenía que hacer era convencer a los propios dragones de cómo llegarían a ser si se dejaban guiar. Al igual que el primer dragón, éstos también se alejaron volando en cuanto se vieron libres de la piedra.

–Tres dragones más en el mundo. Lo estás haciendo bien.
–¿Crees que volveré a verlos?
–No. No han sido el primero, no están solos. Ellos no te buscarán, no sienten esa curiosidad ni tienen esa necesidad.

El agua desapareció bajo sus pies y durante unos segundos se quedó flotando en el aire, observando cómo los dragones desaparecían en la lejanía del cielo. Probablemente jamás se cansara de contemplar una imagen así.

Luego, se dejó caer de nuevo, dejando que el río la recogiera para continuar el viaje.

–Me pregunto qué pensará el primer dragón de mí –comentó Mina, ensimismada en sus pensamientos.
–Probablemente quiera saber por qué te pareces tanto a él.
–¿Qué? No tengo pinta de dragón. Es verdad que quiero conocerles, y que soy su despertadora, pero eso no me hace parecida a un dragón.
–No a cualquier dragón, es cierto. Sólo al primero.
–Me gusta la idea de que me busque, porque yo no sabría encontrarlo a él. Pero sigo sin ver el parecido.
–¿Es que no te has fijado en la ropa que llevas? ¿No te has fijado en cómo era el dragón?
–Pero si es sólo un vestido. ¿Qué tiene qué ver con un dragón?
–Es la coincidencia entre su color y el del dragón lo que llama mi atención.
–¡Pero si lo creé pensando en que por fin iba a encontrarme contigo, ni me acordé de los dragones hasta que vi al primero!

Sintió el regocijo del río a su alrededor. Se sentía halagado, y por ende, ella, orgullosa de su elección. Pensó en que tal vez el dragón había creído que aquello era por él; o quizás, como decía el río, sólo sintiera curiosidad. Después de todo aquel color era de su creación, quizás sí tuviera algo que ver con los dragones y su destino.

–Aun así le regalaste ese color, el mismo que tú llevas. Eso os hace parecidos, al menos a sus ojos.
–Pues si es así me parece bien –sentenció Mina, contenta–. No me molesta parecerme a un dragón, es más, creo que es muy divertido. Yo, un dragón, ¿te imaginas?
–¡Ni se me ocurriría! –se carcajeó el río montando algo de barullo.

Hacía un trecho que no había paredes que aprisionaran al río. A Mina se le ocurrió que quizás aquí se sintiera más libre y fuera más feliz. Sólo existía su cauce, su fondo salpicado de piedras cada vez más coloridas y el cielo abierto sobre él.

O quizás un río no entendiera de paredes, igual llegar al mar significaba la libertad o la muerte. O ambas cosas. O quizás como se acercaba a su nacimiento, como los humanos, el río también se hacía más niño. Se preguntó si sería de mala educación preguntar algo así.

–Ya casi hemos llegado. Asómate –dijo el río, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.

La alzó hasta la superficie, donde se asomó y contempló el llano que se abría ante ella. Al fondo los árboles y las montañas se mezclaban con grandes rocas que formaban edificios que jamás habría podido habitar un humano. Todos eran demasiado grandes y demasiado toscos, demasiado inaccesibles.

–Yo no podré llevarte hasta las puertas de la ciudad, porque pronto me desviaré, pero te dejaré tan cerca como pueda.
–No te pediría más. ¿Seguiremos en contacto? ¿Como hasta ahora?
–De vez en cuando. Como hasta ahora.

Cuando abandonó el cauce del río apenas habían pasado algunas horas desde el mediodía, los dos soles hacía poco que habían empezado a intercambiar posiciones y en parte lamentó que por ello fuera a secarse más rápido de lo que le gustaría.

–Llegarás en seguida. Y recuerda ser educada –bromeó el río al verla marchar.

Ella se giró con una sonrisa, se inclinó levemente y se despidió agitando la mano. Le dolía separarse del río, pero por otro lado sólo podía pensar en los dragones. Ahora ellos lo eran todo, lo único importante.

Echó a correr como si la vida le fuera en ello, no por ninguna razón en especial, porque tenía tiempo de sobra. Simplemente, quería llegar cuanto antesa la ciudad de los dragones.

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5 thoughts on “Capítulo 1 – Despertar

  1. Lur says:

    Me ha gustado muchísimo esta primera parte *-* De hecho, hasta se me ha hecho muy corta con todo lo que estaba disfrutando de lo leído xDD Me gusta especialmente que la historia empiece directamente con lo importante, sin introducciones extensas de protagonista, lugar, contexto, etc., y que aún así no entre a trapo. Es decir, que no te pierdes nada, ni sientes que sea muy brusco,… No sé si me explico xDD Pero ha sido muy interesante y me muero por leer más :DD Pe-pero ¿hasta el día 8? Ains. Qué pronto me haces de sufrir xDD

    ¡Un beso, guapa!

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    1. aastami says:

      ¡Gracias por pasarte! Me alegra que te vaya gustando, y sí, sé que lo de esperar semana a semana es un rollo, pero es que nado en un mar de dudas XD En tu opinión, ¿preferirías leer el capítulo entero y tener entradas más espaciadas?
      En cualquier caso me ha gustado mucho leer tu opinión, aunque hasta ahora sólo haya publicado medio capítulo xD

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      1. Lur says:

        Si te soy sincera no sé muy bien qué decirte, porque lo mismo un día sí soy capaz de leerme un capítulo entero y otro no, dependiendo de cómo esté xD Así es mucho más cómodo para mí pero lo mismo me muero de la impaciencia después. Depende también de la longitud de cada capítulo, que en mi caso por ejemplo me cansa muchísimo leer en el ordenador. Supongo que está bien así como lo tenías pensado desde el principio, porque aunque te pida más por lo menos así sé que la voy a seguir más tranquila, sin tener que dejar un capítulo a medias porque se me canse la vista y demás.

        Dios, ¡no te he ayudado nada! xDDD Te he liado más seguro. Sorry

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